Si bien los chimpancés pueden ejercer violencia organizada y el humano, también; parece lógico que exista algún factor común inherente a esa conducta.
Gonzalo Cáceres – periodista
Lo que arrancó como un periodo más de observación reveló el lado terrorífico del primo hermano del humano moderno.
La etóloga británica Jane Goodall llegó a Tanzania hacia 1960 para recabar datos sobre los chimpancés del hoy Parque Nacional de Gombe. Y, en búsqueda de compresión de la vida social de estos animales, terminó descubriendo un ‘detalle’ sobre nuestra propia especie.
PRIMER ATAQUE
Enero de 1974. Un grupo de chimpancés machos avanzó por territorio ajeno. Se toparon con ‘Godi’, un joven macho de la comunidad vecina que se encontraba solo en un árbol. Lo golpearon hasta más no poder. Consumado el acto, el grupo celebró gruñendo y trepando. ‘Godi’ pudo abandonar la escena por sus propios medios, pero no se lo volvió a ver.
Para Goodall, este incidente significó un antes y un después en más de una década de trabajos de campo, porque aquello no fue una simple expedición ni un encuentro casual: el grupo agresor se movió en permanente coordinación y atento al mínimo rastro de la comunidad vecina. El ataque a ‘Godi’ fue premeditado y con toda la intención de matar.
Este sería el primer registro de una serie de episodios que se extendieron a lo largo de cuatro años. Goodall lo bautizó como la “Guerra de Gombe”. Y la palabra guerra, aunque resistida por los entendidos en la materia, plantea lo siguiente: ¿Hasta qué punto la agresión organizada y prolongada puede ser exclusivamente humana?
ANTECEDENTES
Goodall constató que tanto ‘Godi’ como sus victimarios formaron parte de la denominada comunidad Kasakela (por su ubicación dentro del terreno en estudio). No se sabe si por cuestiones de liderazgo, reproducción o de otra naturaleza, pero los Kasakela empezaron a dividirse a inicios de 1970. El grupo separatista se retiró al sur y fundó la comunidad Kahama, mientras que el grupo principal permaneció en el norte.
Durante algún tiempo, los antiguos compañeros convivieron sin mayores incidentes a través de una frontera definida, pero la relación cambió abruptamente. Los machos de Kasakela empezaron a incursionar por feudo de los Kahama y, si se encontraban con alguno, por lo general lo perseguían y atacaban.
En poco más de un año todos los machos de Kahama fueron asesinados y su comunidad terminó desapareciendo (de seis hembras Kahama, dos se reintegraron a la comunidad Kasakela tras ser golpeadas y secuestradas, se cree que las otras cuatro fueron asesinadas y devoradas).
Goodall no describió este asunto como una cacería, sino como la forma primitiva de hacer la guerra (eliminar a los rivales uno por uno). Años después, recordó aquellos días como los más difíciles de su vida en África. Murió en 2025 convencida de que descubrió que los chimpancés tenían, como el humano moderno, la facultad de ser brutales a justa medida (lo que implica el entendimiento de las consecuencias de sus actos).
SALVEDAD
Hablar de “guerra” en Gombe no significa que los chimpancés sepan armar ejércitos, o que sean capaces de levantar gobiernos estructurados y/o de concebir una idea política para la agresión prolongada. La distancia entre ambos mundos es de años luz.
Ya sea en nombre de la Patria o de la seguridad nacional, los humanos podemos movilizarnos en grandes números y fabricar armas con el objetivo de causar mayor o menor daño al enemigo; también poseemos una cultura guerrera (como las instituciones militares) y la facultad de transmitir ideas e información a las próximas generaciones sobre territorios y causas. No hay señales de que esta dinámica se replique entre otros primates.
Pero, y siempre hay un pero, si se prueba la iniciativa común de organizarse para enfrentar al “otro”.
NOSOTROS Y ELLOS
Quizá uno de los aspectos más importantes no sea el enfrentamiento en sí, sino la manera en que los chimpancés tratan a los de su propia comunidad y a los ajenos a ella. A su manera, tejen alianzas, cooperan y reconocen su comunidad. Defienden sus territorios y a sus pares. Realizan patrullas y compiten con grupos vecinos y, en determinadas circunstancias, pueden matar a sus compañeros.
Dentro del grupo se genera una dinámica: los animales se acicalan, hacen amistades y ayudan a proteger y criar a los más jóvenes, también conspiran de acuerdo a sus propios intereses. Es -precisamente- esta combinación de capacidades la que fascina a la comunidad científica.
Pero puede aparecer otra lógica. El individuo que pertenece a una comunidad diferente deja de ser simplemente un desconocido y pasa a convertirse en sospechoso. Goodall señaló esta “transformación” como el punto revelador de su análisis.
Después de haber convivido pacíficamente, los antiguos compañeros se convirtieron en enemigos. Por ejemplo, ‘Goliath’ (un macho anciano que en su momento fue el alfa cuando los Kasakela y Kahama aún eran un solo grupo) fue asesinado a golpes por los jóvenes machos que el mismo alimentó y protegió.
Y aquí aparece un paralelismo particularmente interesante con nuestra especie. Los seres humanos cooperamos con personas que jamás hemos conocido, siempre que las reconozcamos como miembros de nuestra comunidad.
¿GEN DE LA GUERRA?
Humanos y chimpancés compartimos un antepasado común. Es decir, hace miles de años hubo algo que caminó sobre la Tierra que no era ni humano ni chimpancé y que daría origen a dos especies distintas: el llamado eslabón perdido de la cadena evolutiva.
Por tanto, cuando encontramos comportamientos similares en ambos linajes, una posibilidad —ciertamente razonable— es que algunas de las facultades sean anteriores a la separación (lo que tampoco demuestra que este ‘abuelo’ evolutivo hiciera la guerra).
La propia Goodall defendió una interpretación semejante. En una entrevista explicó que la comparación entre humanos y chimpancés tampoco demuestra que la guerra sea inevitable. De hecho, el conflicto (agresión/violencia) no es permanente, porque ambas especies mantienen relaciones pacíficas durante largos períodos. La violencia intergrupal es solo una parte de una vida social mucho más compleja.
HERENCIA
Quizá la pregunta correcta, entonces, no sea si los seres humanos heredamos el gen de la guerra. Lo heredamos son algunas de las capacidades que hacen posible tanto la cooperación como el conflicto.
La historia evolutiva pudo habernos dejado animales capaces de reconocer aliados, construir relaciones, defender recursos, formar coaliciones y coordinarse con otros. Sobre esa base, nuestra especie construyó algo incomparablemente más complejo: sociedades enormes, culturas acumulativas, instituciones políticas y ejércitos. La guerra sería, desde este punto de vista, una construcción humana erigida sobre capacidades mucho más antiguas.
Los chimpancés no son “humanos pequeños”. Tampoco máquinas violentas gobernadas por sus instintos. Son animales de un amplio espectro social, complejos en su magnitud y capaces de establecer vínculos profundos, y que saben organizarse contra “otros”.
Goodall resumió el descubrimiento de una manera que sigue siendo difícil de ignorar: los chimpancés son muy parecidos a nosotros, pero “no necesariamente más agradables”.
Fuente: The Jane Goodall Institute.
