Por Gonzalo Cáceres – periodista
¿Alguna vez contrató un seguro de vida pensando “por si acaso”? Precisamente en ello se basa el razonamiento de Blaise Pascal, quien dio fondo y forma a un aporte mayúsculo al campo de la filosofía.
PRODIGIO
Pascal falleció con tan solo 39 años y luego de sufrir constantes problemas de salud, pero le alcanzó el tiempo para dejar su marca en las múltiples disciplinas en las que incursionó.
Este sabio francés no fue un teórico de sillón, sino todo lo contrario. Conocido como un científico pragmático, desde muy temprana edad demostró facultades únicas: a los 12 años ya dominaba la geometría de forma autodidacta. A los 16 escribió un tratado sobre las cónicas que dejó con la boca abierta a los entendidos de su época y, a los 19, inventó la Pascalina, una de las primeras calculadoras mecánicas del mundo (para ayudar a su padre a cobrar impuestos).
Pero sus contribuciones no se detuvieron allí. En física, Pascal exploró los fluidos y la presión atmosférica, demostrando que el vacío existe (al contrario de lo que dictaba la comunidad científica de aquel entonces).
En la actualidad, la unidad internacional con la que medimos la presión (el pascal) lleva esta denominación en su honor, al igual que el famoso “Principio de Pascal” (la base sobre la que funcionan los frenos hidráulicos).
También inventó la Teoría de la Probabilidad, en un trabajo conjunto con Pierre de Fermat, simplemente analizando los juegos de azar (lanzamiento de dados), sentando las bases de los cálculos de los que hoy se sirven las aseguradoras, los economistas y hasta la IA (inteligencia artificial) para prever riesgos.
Lo sorprendente de este caso llega cuando Pascal cumplía los 31 años. Tras un aparatoso accidente de carruaje del que salió ileso, tuvo una suerte de experiencia sui generis que lo inclina definitivamente hacia la búsqueda de respuestas acerca de lo espiritual, dando un giro a su mente, enfocándose en el estudio de la condición humana y del sentido de la vida.
LA APUESTA
Como matemático de probabilidades y analista de la vida, Pascal entendía que la ciencia podría explicar las leyes que rigen los fluidos o las calculadoras, pero sería incapaz de demostrar si Dios existe o lo que haya —o no— después de la muerte. La razón humana, por más avanzada que sea, tiene un límite.
Ante tal duda que la lógica no consigue resolver, Pascal propuso ver la vida como un juego de azar en el que todos estamos indefectiblemente obligados a participar. Uno no puede omitirse ni abstenerte: “Estar vivo significa que ya estás jugando”, escribió.
FÓRMULA
El razonamiento se resume de la siguiente manera.
-Si apostás que Dios existe:
Si ganás (Dios existe): felicidad infinita y la vida eterna.
Si perdés (Dios no existe): habrás vivido una vida recta, guiada por valores y buscando el bien.
-Si apostás que Dios no existe:
Si ganás (Dios no existe): no capturás nada especial, solo disfrutás de ciertos placeres sin reglas morales.
Si perdés (Dios existe): perdés absolutamente todo.
Al poner ambas opciones en la balanza, el cálculo indica que se arriesga algo pequeño y finito (vida terrenal) a cambio de la posibilidad de tomar algo infinito (la eternidad) es la única jugada inteligente.
MÁS QUE CÁLCULO
La apuesta de Pascal parece fría e interesada, como si dijera que hay que creer en Dios “por si acaso”. Pero Pascal no era ingenuo. Sabía muy bien que nadie se convierte verdaderamente a una religión solo por hacer el costo-beneficio en una libreta.
Lo que Pascal buscaba era “derribar la arrogancia de la razón”. Quiso sacudir a los escépticos de su indiferencia y mostrarles que no tomar una decisión ya es una decisión en sí misma. Como él mismo escribió en una de sus frases más célebres: “El corazón tiene sus razones que la razón no conoce”.
Para Pascal, la apuesta era solo el empujón inicial de la mente para permitir que luego el corazón experimentara una fe real y genuina.
PARA EL DÍA A DÍA
Todos los días tomamos decisiones basadas en la fe y en la lógica: en nuestras relaciones, en el trabajo y en los valores con los que decidimos guiar nuestra existencia. Entiéndase que la apuesta no es solo un dilema teológico, sino la invitación a reflexionar y dar cuenta de las fichas que estamos arriesgando en el tablero de nuestra propia vida.
El legado de Blaise Pascal es doble: por un lado, las herramientas científicas para entender el mundo físico; por el otro, la humildad para aceptar que no todo se puede medir con números.
