Por Gonzalo Cáceres – periodista
Las redes sociales normalizaron la exposición sistemática de lo oculto, lo sagrado y/o lo íntimo de las personas para disparar el valor de todo aquello que acumula atención. “La presencia se vuelve pornográfica cuando la intimidad se desnuda para ser solo contenido mercantilizable”, según entiende el profesor Han.
No se trata de pornografía en el sentido estrictamente sexual (o limitado a ese aspecto), sino de una concepción filosófica pensada para describir la dinámica que comanda el mundo de las interacciones digitales, donde lo estético y social son expuestos para el consumo inmediato de una audiencia demandante de satisfacción sensorial.
METAMORFOSIS
Hace no mucho lo íntimo era visto como un santuario. La vida privada encerraba indefectiblemente secretos y espacios exclusivos preparados para eclosionar solo con el interés genuino de la contraparte. Sin embargo, en el ecosistema digital de nuestros días, la privacidad mutó de bien del que se cela a materia prima de la hipercomunicación.
Y no hay que confundirse. Las redes no son un hito para el empoderamiento individual o la ‘democratización’ de internet (se desvirtúa el monopolio que los medios masivos de comunicación ejercieron durante mucho tiempo); más bien, contribuyen en gran medida al establecimiento de una “tiranía de la visibilidad” que transforma al individuo en un objeto más a disposición del mercado.
“AUTOEXPLOTACIÓN AFECTIVA”
Han encarado el asunto de manera frontal. En ‘La sociedad de la transparencia’, argumenta que las imágenes y vivencias divulgadas en las plataformas como Instagram, X o Tik Tok, entre otras, “pierden su valor de culto” (aquello que exige “contemplación, pausa y reserva”) para “valer únicamente por su valor de exposición”. Es decir, la intimidad se torna ‘pornográfica’ porque “se entrega sin velo ni distancia” en pro de un retorno —casi siempre— económico.
Por iniciativa propia, el individuo se encarga de publicar sus estados de ánimo, lugares recurrentes, sus dilemas afectivos y/o laborales y cada detalle de su vida cotidiana, conducta catalogada como “autoexplotación afectiva” (el sujeto se convierte en un empresario que gestiona su intimidad como una marca personal).
Consecuentemente, sensaciones por el “imperativo de la positividad” (Ejemplo: ‘este soy yo y en mi vida todo va bien’). Sin lugar para el desperfecto físico y/o la vejez, el sufrimiento real, la contradicción y el fracaso, la vida digital se desarrolla sobre una superficie pulida y lisa, carente de la densidad trágica o compleja que caracteriza a la existencia real, al día a día.
DESEO Y LA SEXUALIDAD
Esta supuesta experiencia idílica afecta directamente a los intereses amorosos y la sexualidad. En La agonía del Eros, Han señala que la desaparición del secreto destruye al Eros mismo. “El deseo no surge de la presencia absoluta ni de la disponibilidad inmediata, sino del juego entre la presencia y la ausencia, de la promesa de lo que aún no se conoce del otro”. Es decir, al convertir a las personas en “perfiles llanos” (como ocurre con las aplicaciones de citas), el sujeto ya no trata con un ‘otro’ real.
La pornografía de la presencia altera la estructura psíquica de hombres y mujeres. Desalienta la seducción y permuta el compromiso por la descarga de dopamina.
INICIATIVAS COLECTIVAS
Fuera del plano individual, la exposición de la intimidad altera las dinámicas del espacio político. En El Enjambre, Han concluye que la hipervisibilidad disuelve la frontera crítica entre lo público y lo privado.
“El ciudadano, al estar volcado de forma permanente hacia la escenificación de su propia vida, deja de articular un discurso colectivo coherente. Las redes sociales no forman una comunidad de ciudadanos capaces de deliberación política estructurada, sino un ‘enjambre digital’”.
Consecuentemente, se da lugar a un rejunte de individuos sin cohesión que esporádicamente se hace sentir por olas de indignación o cuestiones pasajeras, pero que carecen de la iniciativa necesaria para la acción política transformadora.
La ilusión de una libertad sin límites, que emana de las redes sociales, conduce a una nueva forma de sometimiento. Al despojar a la vida privada de sus zonas grises, el individuo entrega el último reducto de su subjetividad a los mecanismos de control y monetización digital.
La exposición de la intimidad no profundiza la conexión entre los seres humanos.
, la búsqueda de validación a través del “Me gusta” mueve la “economía de la atención”, a su vez sostenida en el contenido diseñado para explotar el “capital reputacional”.
IMPERATIVO DE LA POSITIVIDAD
Las redes sociales entorpecen lo que Han denomina “la negatividad de la alteridad” (lo distinto u opuesto a nosotros exige paciencia y comprensión), creando falsas
