El continuo aumento del caudal del río Capiibary causó la anegación de múltiples áreas residenciales y dejó intransitables importantes tramos de la red vial local, complicando el desplazamiento de peatones y vehículos.

Entre los puntos más golpeados por la crecida resalta el barrio San Agustín, donde los pobladores se vieron obligados a abandonar sus hogares para resguardarse en viviendas de vecinos.

El rápido ascenso del nivel de las aguas impidió que muchas familias pudieran poner a salvo la totalidad de sus pertenencias. Las complicaciones se extendieron asimismo a los barrios Virgen de Fátima y San Cayetano.

El anegamiento también paralizó sectores estratégicos del microcentro urbano. Calles como Juan Antonio Rojas, en su cruce con Agustín Pereira; Fulgencio Yegros, en el tramo comprendido con Humaitá; y Teniente Silverio Mendoza, a la altura de Lázaro de Rivera, quedaron totalmente cubiertas por el agua.

Este escenario puso nuevamente en evidencia las limitaciones estructurales del sistema de drenaje pluvial para evacuar volúmenes elevados de lluvia.

El sector productivo local también sufre las consecuencias de la crecida, trabajadores oleros de la zona debieron movilizar de emergencia su producción de ladrillos hacia tierras más altas para evitar pérdidas económicas totales ante el avance inevitable del agua.